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05/12/2013

Moisés Ville | Actualidad | Los crímenes de Moisés Ville

Moisés Ville, una biografía íntima

.. Todas las noches mi papá buscaba en su memoria la casa de los abuelos. Volvía hacer el camino a la plaza y de ahí a la Kadima; recordaba ... .. Todas las noches mi papá buscaba en su memoria la casa de los abuelos. Volvía hacer el camino a la plaza y de ahí a la Kadima; recordaba ...

Por Laura Cukierman
Una vez mi papá me contó que todas las noches antes de dormirse pensaba en el pueblo. El pueblo se llama Moisés Ville y es el lugar donde mi papá fue feliz. No es que no lo haya sido en otros lugares. Pero Moisés Ville fue una suerte de Tierra Prometida, el lugar al que siempre quiso volver el menos creyente de los judíos.

Todas las noches mi papá buscaba en su memoria la casa de los abuelos. Volvía hacer el camino a la plaza y de ahí a la Kadima; recordaba de nuevo el olor de los perros que dormían con él, del almacén cuando llegan los pedidos, volvía a ver el humo espeso del tabaco armado flotando durante las madrugadas y oía el sonido de una radio en ruso, cada noche, encendida hasta muy tarde.

Todos los años, desde que nació hasta que fue bastante grande, mi papá pasó los tres meses de vacaciones de verano en el pueblo, en la casa del «abuelo». Su abuelo, o sea mi bisabuelo: Jacobo Kindel, el dueño del almacén de ramos generales, el «rengo», el que llegó de Rusia muy jovencito en el barco del Barón Hirsch. Un barco que tardó siglos en llegar al puerto de Buenos Aires y donde conoció de casualidad a Elisa, que venía de un orfanato en Inglaterra pero que también era rusa. Ese encuentro fue determinante en mi historia: casi cuatro lenguas me atravesaron para siempre. Elisa nunca pudo aprender a hablar castellano y tuvo la rara cualidad de ser la única persona en mi familia a la que se le desconoció una queja en toda su vida. Ni una sola. Ni siquiera cuando casi no podía caminar. Un exotismo en nuestro árbol genealógico.

Mi bisabuelo tampoco aprendió el idioma, pero crió junto a Elisa a tres hijos: Clara, Sofía y Jaime, y también a mi papá, que perdió al suyo cuando era muy chiquito. Por eso siempre fue confuso hablar del abuelo. Nunca quedaba del todo claro de quién se trataba: si del de él o del mío. A mí papá le costaba bastante hablar de ellos, como si esa parte de su historia sólo le perteneciera a él y a nadie más. Y de hecho así lo fue. Moisés Ville fue parte de su biografía más intima, la que no quería exponer ni compartir salvo por propia voluntad y la que lo hacía inmensamente feliz cuando escuchaba alguna noticia o se cruzaba con alguien de ahí. Esos encuentros eran una fiesta. Se le notaba en la cara.

Ese apellido me suena. Preguntale si no era del pueblo.

En Moisés Ville había alguien que se llamaba igual, ¿será la misma persona? 

¿Viste que salió una película sobre el pueblo? ¿Qué tal será?

Quizás por eso, mi papá también me contó que nunca sentía tanta tristeza junta como cuando escuchaba a un tal moishe millonario  cada año decirle, a fines de febrero, «se te acabó la vidurria, pibe».  Y con eso le anunciaba el final de sus felices vacaciones. Mi papá tenía que subir al micro que lo llevaba a Rafaela y de ahí al tren que lo devolvía a Buenos Aires, donde no era tan feliz.

Ese mismo tren fue el primero que yo conocí cuando fui a Moisés Ville por primera vez, también  durante unas vacaciones de verano. El mismo año que mi madre descubrió que yo era una niña demasiado sobreadaptada a la ciudad cuando grité de la impresión por cruzarme con una gallina viva. Y nunca pude soportar que subieran los perros a la cama mientras yo dormía.

Ese verano me di cuenta de que no era necesario viajar al exterior para escuchar hablar en otro idioma. En Moisés Ville se comunicaban en una lengua que yo no entendía para nada, la que usaban a veces mi papá y mi abuela entre ellos y que excluía voluntariamente o sin querer a mi mamá y a mí. Ahí vi por primera vez que todas las casas tenían en la puerta una maderita clavada que la gente besaba al entrar y recién, muchos años después, pude saber de qué se trataba.  Además de parco, mi papá era ateo. Por eso, al templo de Moisés Ville entré de casualidad, sin que nadie me quisiera llevar, aprovechando la hora de la siesta, cuando todo el mundo se olvidaba de mí.

Ya no estaban ni Jacobo ni Elisa durante ese verano. Los conocí por algunas fotos y por lo que me contaban de ellos quienes se enteraban de que yo era su bisnieta y eran clientes del almacén. Inmenso, hermoso, repleto de latas de galletitas, de frascos con aceitunas, de  conservas.  Con una escalera infinita que conducía a bolsas llenas de harina o a semillas de girasol, que también probé ahí por primera vez. Y ese año también mis padres casi me abandonaron en el pueblo. Bueno, no fue tan así. El amor que mi padre le tenía a Moisés Ville quiso trasladármelo a mí de una manera rara: sin consultarme dio por sentado que yo, al igual que él, era inmensamente feliz por esos días. Y decidió extender mis vacaciones a pesar de que ellos tenían que volver a Buenos Aires. Me dejó sola con mi abuela durante dos semanas y yo pensé que nunca más iban a venir a buscarme. Que una nueva vida comenzaba para mí donde ya no tenía padres y debía empezar a hablar en ídish si quería hacerme entender. Nunca llegué a aprender más que un par de insultos y por suerte una mañana me desperté y estaban las valijas de mi mamá esperándome para volver a mi casa. Me gustaba el pueblo pero fue un alivio saber que podía salir de ahí.

Durante esos días ya se había empezado a decir que el pueblo estaba muriendo. Lo decía mi papá cuando se enteraba que alguien se mudaba a Santa Fe o que se cerraba algún negocio histórico o que se abandonaba otra casa más. El almacén del abuelo se vendió algunos años después y, con él, la casa que estaba detrás, donde yo aprendí a jugar a la rayuela que estaba pintada en el piso del patio del fondo. En realidad no estaba tan agónico. Durante años y años me seguí enterando por mi trabajo de muchas historias sobre Moisés Ville. Conocí a varios descendientes del pueblo, tuve un novio cuyo abuelo vivió ahí, fui algunos festivales de cine judío donde siempre había alguien que conocía a alguien que era de ahí y me hice amiga de peluquería de una ex habitante de Moisés Ville que también había sido alumna de una pariente mía. Cada vez que aparecía algo nuevo iba corriendo a contárselo a mi papá, como si otra vez pudiera ser aquella nena que visitó el pueblo durante ese verano y temía quedar abandonada ahí. Me gustaba la atención que me prestaba en esos momentos. Podía invadir un poco esa parte de su vida que no quería compartir. Se repetía siempre el mismo esquema: le transmitía la novedad a mi papá, que rápidamente unía las piezas necesarias para contarme la historia completa. Siempre funcionaba. Un dato sobre Moisés Ville y se abría un mundo entero: el que le pertenecía solo a él, el que aceptaba compartir por un rato con su hija.

Mi papá ya no está desde hace un tiempo. Ya no me divierte tanto oír algo sobre pueblo. Me siento perdida cuando lo escucho. No sé qué hacer, a quién ir a contárselo, quién me puede completar las historias sobre Moisés Ville. Y entonces siento que otra vez me quedé un poco abandonada, esperando ver de nuevo las valijas de mis padres que me vienen a buscar.