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17/04/2014

Santa Fe | Política

Matanegros al poder

Obra gráfica: Pablo Cruz Obra gráfica: Pablo Cruz

Los linchamientos revelan mucho más que sed de venganza: es violencia que apunta a un nuevo orden.






Por Juan Pascua. Director de Pausa. "Publicación integrante de la Cooperativa DYPSA"


Se condensa el magma hace un rato. Largo rato ya. Un borbotón, dos, miles, el magma asciende. De golpe, la erupción, quema.

Existe una ilusión candorosa sobre el contrato social, implicada en los dos términos. Ni es contrato, ni es social. Ni hubo grandes acuerdos, ni fueron celebrados por una imposible unidad imaginaria de firmantes. El tácito orden que regula nuestros movimientos es tácito por las capas y capas y capas de tiempo que cubren lo que originariamente fue una imposición, de la fuerza política de la ley o de la violencia. Vivimos en un orden que se sostiene por el olvido (es decir, el mito, es decir, cierta forma de recuerdo) del momento en que se gestó. El tácito contrato social está escrito siempre con sangre. La independencia, la Constitución, la unidad territorial nacional, el ejército, los grandes partidos políticos, los sindicatos, el neoliberalismo fueron paridos con sangre, no con reuniones de voluntariosos hombres libres que decidieron en algún momento de su existencia juntarse y elaborar prístinos consensos. Cuando conmemoramos nuestras gestas políticas, celebramos la sangre. Y la política es lo que comienza después de la sangre.

El linchamiento no es un fenómeno nuevo, pero la serie de palizas colectivas que se desataron durante los paros policiales poseen características propias. Una imprescindible condena ética, moral y penal debe caer sobre los sucesos acontecidos en casi todo el país. Sin embargo, las mortales descargas de odio clasista (uno de los rasgos novedosos en los hechos recientes) no serán disueltas por un repudio general, una argumentada razón humanista, una eficaz sanción judicial: quienes destrozaron en andanadas a losjóvenes negros de mierda tienen absoluta conciencia de ese repudio, de sus alcances y sus emisores.

Manejan exactamente los enunciados de quienes se espantan por lo sucedido, y se sienten asqueados de ellos. Vociferan desacatados contra ellos. Estructuran largas justificaciones, rebosantes de experiencias padecidas, para demolerlos en las redes sociales. Se mofan de las estadísticas de homicidios que los desmienten: tienen la prueba de “la calle” y la anuencia de miles de mesas familiares, encuentros con pares, regurgitando infiernos. La ira se expresa abiertamente. Años, años levantando temperatura, azuzados al fuego catódico del noticiero del mediodía y sus sangrientas y bellas y redundantes bases de horror, años llorando junto a la mil veces clonada imagen de Axel Blumberg, el mártir rubio, añorando la castrada juventud de finales de los 70, execrando la seguridad social para los abandonados, vampiros de nuestros esforzados aportes, zombies de los ladrones de la política, causa de las rejas de mi casa. Años rumiando bajo tierra.

El magma de odio clasista estuvo algún tiempo contenido, liberándose de a pequeños borbotones privados o más abiertos. Pero lleva tiempo allí, debajo de la corteza, levantando temperatura, alimentándose. Y ahora no estamos delante de su estallido eventual.

Si la breve alianza de clases en la pobreza de 2001 reunió en un canto al piquete y la cacerola y tuvo su corolario en la hegemonía kirchnerista posterior, el derrumbamiento simbólico y político del orden establecido en la última década tiene su eco en estos asesinatos recientes. El odio de clase mezcla desde el temor a la inflación, el rechazo a la corrupción y la abominación de las políticas sociales hasta el reclamo por mano dura y la impugnación de los avances en la memoria, la verdad y la justicia sobre el genocidio. Todo en un mismo paquete. Ese es otro rasgo nuevo de los linchamientos.

(O, acaso, hayamos olvidado –es decir, hayamos construido un mito– sobre ese 2001 de clases unidas en la desgracia. No hace falta revolver mucho en los discursos de ese tiempo para hallar una difundida estigmatización de los luchadores sociales).

Como cuervos sobrevolando la carroña, algunos aspirantes a la elección de 2015 no demoraron en zampar sus primeros bocados. Tanto dirigentes como periodistas. Hablan de impotencia, de ausencia del Estado, de legítima defensa social, de justicia por mano propia, hablan lo que el odio quiere escuchar. No sirve culparlos: así es la lucha por el Estado. En el horizonte está no sólo su futuro electoral, sino una nueva forma de orden marcial que todavía desconocemos en democracia, aun cuando hoy seamos uno de los países de la región con mayor cantidad de empleados en las fuerzas de seguridad por habitante.

El abordaje de esta situación desde la perspectiva de la justicia, de la consideración de qué es lo justo y bueno, es impotente. Quienes salieron de matanegros encararon el riesgo (acaso con la anuencia y el estímulo del comisario); saben lo que hacen y lo hacen. Reducir la respuesta frente a estos hechos a la sola dignidad moral del “prefiero no hacerlo” o a una letanía repetitiva de los valores republicanos, de la necesidad del apego a la ley y la “civilización”, es una pobre reacción (como si la barbarie y la civilización no vinieran juntas). El matanegro se sabe fuera de esa ley –cree que no lo protege, sino que ampara a su enemigo– y se concibe fuera de esa moral –la considera débil, desprendida de la realidad, e incluso falsa. Esa es la repulsa a lo que se llama “garantismo”, esa es la ridiculización a “los derechos humanos”. El deseo de una gran cárcel total donde verter aquello que ven como la gangrena social está apenas en el plano de la venganza simple: el matanegro sabe que la prisión existe nada más que para el castigo y la reproducción del delito. Por eso desea que sea torturante e indefinida en sus plazos. Por eso le es indiferente el hacinamiento y la vida vil de los detenidos.

El linchamiento es mucho más que una venganza: es un desafío, es violencia constituyente. Esta violencia está intentando fundar un nuevo contrato social.

La erupción del reverso obsceno y desbocado del 2001 (que ya habitaba allí), con todo el sedimento más putrefacto de la dictadura y los 90, ni va parar ni va a dejar de expresarse de otras formas. Los matanegros se experimentan a sí mismos, desde hace mucho, como sujetos fuera del orden, como sobrevivientes en un estado de excepción. Se ha dicho que la guerra es la continuación de la política. Es al revés. Los matanegros están en una guerra que viven como propia. Cobran sus cadáveres y quieren que tengan un valor: esperan fundar un nuevo orden.

Entonces, la respuesta ha de ser política, en un sentido intenso, microscópico, continuo, que llegue a movilizar las redes finas del poder institucional. Ya no se trata de rescatar a la población de sus condiciones de abandono, sino de reintegrar esa población en espacios comunes, compartidos. Las mejoras generales en la condiciones de vida durante la última década no superaron la creciente desintegración social, el abismo abierto en la explosión neoliberal de pobreza extendida y enriquecimiento restringido, cada vez más amplio de un lado y otro de la avenida, de la vía, del paredón del country. Las grietas urbanas, los procesos de concentración y desigualdad, se profundizaron: las diferencias se ven, insultan, cada vez más. Los ghettos ricos, los ghettos pobres se fueron cerrando cada vez más. El precio de la vivienda, de la vida, se mide de acuerdo a si en el barrio hay posibilidad (o no) de que algún negro haga un recorrido por las calles. Negro free zones y vertederos de pobreza se alambran con las mismas púas, mientras el coche policial hace las veces de centinela sobre el muro divisorio. La configuración urbana se ha vuelto un dispositivo de segregación social principal. Y las viejas instituciones de integración –sí, también de jerarquización, discriminación, asfixia– paridas en el siglo XIX para inventar al argentino hace tiempo que pedalean en su obsolescencia.

Nuevos espacios comunes, instituciones compartidas, lugares de encuentro: mientras la separación se ahonde, la paliza seguirá sustituyendo a la palabra. Cuando la palabra desaparece, entramos en la máquina productora de cadáveres.


Publicada en Pausa #131, miércoles 9 de abril de 2014