Cali, capital mundial de la salsa
Nadie puede decir que un caleño viene caminando, sino que viene bailando. Nadie puede decir que una caleña anda conversando, porque esa cadencia al hablar es un canto. Y así, cantando y bailando, se pasa la vida en Cali, la “capital mundial de la salsa”. La denominación se empezó a utilizar a finales de la década del ’70 del siglo pasado, sin embargo, se podría afirmar que Cali, que nació en 1536, nació bailando. Ahora bien, como muchas cosas en la vida, bailar es también una cuestión de clase. Desde que Cali es Cali, en los barrios populares se bailaron compases caribeños, afros. Y mucho más acá en el tiempo, cuando el rock, el foxtrot y otros géneros empezaron a globalizarse, los “pelucones” de los barrios pudientes acogieron los nuevos ritmos porque también estaban buenos, pero también como una manera de diferenciarse. Acá en el Barrio Alameda se va para la escuela bailando, se atiende el taller mecánico bailando, se conversa –deporte nacional colombiano- bailando, se hacen los mandados bailando, se dirige el tránsito bailando. El epicentro de este barrio de apariencia más mansa que otros, de vecinos en la vereda, de sonrisas contagiosas, es la Plaza de Mercado Alameda. En sus dos manzanas se venden comidas, flores y hasta ilusiones. En su periferia, los puestos callejeros son un complemento sonoro y colorido y la gastronomía de restaurantes ofrece todo tipo de plato de pesca marina del Pacífico. A la vuelta, está la plaza del barrio, donde los jubilados charlan en los bancos y la vida parece bajar un cambio, para beber de una fuente de chorros frescos y altos o para tomarse un raspado de lulo que haga bajar unos grados la temperatura asfixiante. Cuando entre la noche, las copas de los árboles espesos se iluminarán con las luces furiosas de las veredas de enfrente y los veteranos que ya se han ido, darán lugar para otra fisonomía, donde jóvenes y no tan jóvenes, en parejas o en grupo, de la mano, acapararán la escena a paso firme y danzarín, camino de los boliches salseros que están unos pegados a otros, vecinos, rivales, hermanos. Siboney discoteca es el buque insignia y va por los 40 años vigente. El Vacilón, Bailatino, Son Caribe, Citrón Disco, Orishá y El Más Allá, todos abrirán las puertas para que miles de caleños estiren la noche hasta las 4 de la mañana y los que rebalsen los sitios, podrán apuntarse en los varios bares de la zona en donde después del ron o la cerveza, suena fuerte la música y se improvisa una bailanta popular y callejera. Una particularidad de la salsa caleña es que es un baile frenético, con una velocidad de piernas encomiable, distinta al resto. Esto tiene orígenes azarosos y bien delimitados. Entre los años 1957 y 1958 nació “La Feria de Cali”, un “Lolapalooza” para los amantes de los ritmos caribeños donde se concentraban –y aún lo hacen- los exponentes más grandes de estos géneros populares. La muchachada del barrio Obrero, donde se acunó la salsa desde su más tierna edad, se bien gastaban el jornal en esa celebración de los últimos días de diciembre. Diez años después, lejos de un mundo en ebullición política, con el Mayo Francés o la Revolución Cubana como emblemas, la juventud caleña vio llegar al festival a los salseros portorriqueños Richie Ray & Bobbie Cruz. En adelante ya nada fue igual.
Según una leyenda no desmentida por nadie, quienes hoy serían los DJ, hacían sonar los discos de vinilo de 33 revoluciones por minuto a 45, o ajustaban la velocidad de los de 45 para que la música se acelere. Y como el caleño, cuando empieza a bailar no sabe cómo parar, lo que hizo fue acelerar el ritmo para seguir la música. Así nació este paso que es único en el mundo y que en los años siguientes a la llegada triunfal de los boricuas, también llegó a crear el campeonato mundial de la salsa que, en su primera edición, por supuesto que quedó en manos de una pareja caleña y afro. Quizás en cualquier lado, la salsa se enseña. Pero en Cali, se nace sabiendo bailar. No obstante, para los de afuera o los que se quieren perfeccionar, además de boliches y bailantas, en la zona proliferan las escuelas y las academias, algunas en los mismos espacios donde a la noche el baile se hace profesional. Ahora mismo el bolicherío se enciende y la acústica no es el fuerte de ninguno de los locales, con lo cual, las melodías se mezclan el aire como sucedía a la mañana con los sabores del mercado. En un derrame keynessiano y salsero, los que no consigan ingresar a los principales lugares, ocuparán otras pistas, algunas cuadras más a los costados, en los arrabales del barrio y los que ni siquiera tengan esa suerte, bailarán en la puerta de los bares. Nosotros andamos embobados, tarareando “una que sepamos todos”, como “Oiga, mire, vea”, de la fabulosa Orquesta Guayacán. Pero esa canción hermosa es apenas parte de nuestra ignorancia. En Cali esperan decenas de formaciones por descubrir, con músicos excelentes, más o menos conocidos, con mayor o menor chance de cruzar la frontera y hacerse conocidos, pero con la sangre salsera recorriendo cada vena de un baile que es siempre hasta morir. Ahora los dejo porque me están sacando a bailar y quiero demostrar mi estilo santafesino.
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