Día del orgullo: Amá a quien quieras. Sé quien quieras.
Corría el año 1969 y, en Nueva York, Stonewall Inn no era simplente un ‘bar gay’, era un refugio. Ubicado en el barrio de Greenwich Village, este local manejado por la mafia italiana recibía a trans, lesbianas y gays. Mientras afuera la persecución macartista buscaba proteger a la “familia normal” de la amenaza comunista, anarquista y de personas que con sus actos ofendieran la moral, allí dentro sonaba Diana Ross.
La del 27 de junio de 1969 podría haber sido una noche más en el Stonewall Inn: el baile desenfrenado de las identidades disidentes en cualquier momento se vería nuevamente interrumpido por la redada policial. Quienes tuviesen prendas del sexo opuesto serían desnudadxs en el baño y luego detenidxs. Lo de siempre: la coima, el arresto, el fin de fiesta con patrullero incluido.
“¿Alguien va a hacer algo?”, gritó una lesbiana cuando la policía volvía a violentarlxs. Sin mucha premeditación pero con el agotamiento y la acumulación de los atropellos se gestó la resistencia. Fueron drags y travestis quienes a grito bravo se negaron a ser detenidas. Ya era la madrugada de 28 de junio, la rebelión había comenzado y nada iba ser lo mismo.
La lesbiana a quien se atribuye este primer golpe de furia contra la violencia institucional era Stormé DeLarverie. Lo cuenta Charles Kaiser en su libro “The Gay Metropolis: The Landmark History of Gay Life in America”. Stormé fue una lesbiana negra, hija de madre negra y padre blanco, y una de las primeras Drag King en tomar escenarios míticos como el del Jewel Box. Fue parte de la SVA (Stonewall Veteran Association), murió a los 93 años en 2014.
El boca en boca era la red social del momento. Mientras trans, gays y lesbianas esta vez se negaban a ceder ante el poder policial, afuera quienes habían sido echados del bar se unían a la gente que fue avisada para resistir.
“Todos teníamos un sentimiento colectivo de que habíamos soportado suficiente mierda. No era nada tangible que alguien le hubiera dicho a otro, era algo así como que todo lo que había ocurrido a través de los años se había acumulado en esa noche específica y en ese lugar específico, y no fue una manifestación organizada (…). Era hora de reclamar algo que siempre nos habían arrebatado”, explicó luego Michael Fader, uno de los presentes en la revuelta.