

¿Donde está parado el movimiento Obrero Argentino?
Carlos Lucero(Por Carlos Borgna)
Si esto lo aplicáramos a cuestiones de nuestra vida cotidiana, realmente importantes, convendríamos que hace rato hubiésemos pensado en otras alternativas y no seguir haciendo las mismas cosas para obtener similares resultados.
Inclusive, si se incluye el contexto actual y se le suma el proceso que se ha vivido en los últimos años, podríamos arriesgar que también quedan expuestas y en crisis, las formas de protesta tradicionales o en todo caso, la simple reiteración de las mismas con su consabido listado de heridos, detenidos e infiltrados.
Lo de la CGT tiene un límite preciso y quienes participan de ella deben reconocer que pretender ya otra cuestión de los reiterados triunviratos es casi imposible; lo cual no significa que experiencias como lo de sus Regionales o las movilizaciones impulsadas desde algunos gremios que la componen, en Córdoba o Rosario, no estén en esa búsqueda de cambiar de escenarios y protagonistas. El interior del país conserva un potencial de lucha que mucha dirigencia política, social y sindical, obnubilada por los medios y los egos en CABA, no termina por valorar adecuadamente. De igual forma sería una señal muy fuerte si las dos CTA terminan por unificarse.
Es tan patético el nivel de crisis existente, que se ha perdido hasta los niveles mínimos de coordinación frente a cada acto, o en las propias conferencias de prensa donde abundan los protagonismos, quien tiene mayor centralidad en las mismas o sube a las redes -antes que nadie- foto y texto para capitalizar “políticamente” vaya a saber uno que cosa. Esto que parece mínimo y secundario, hoy es parte de la imagen que devuelve el espejo donde se mira el movimiento obrero organizado.
Es necesario destacar que en muchos casos “la política” ha jugado un papel tristísimo, interfiriendo o paralizando espacios sindicales o acciones por emprenderse, pero tan cierto como esto, lo constituye las propias responsabilidades de la dirigencia sindical que ha quedado encorcetada en la lógica de la democracia liberal y en la preservación de sus propios intereses sectoriales.
Hay que empezar a discutir nuevas formas de lucha más eficientes y eficaces y no seguir evaluando actos a repetición por cualquier reivindicación, donde la constante de análisis sea cuanto pueblo, más o menos orgánicamente, se juntó cada una de ellas.
Es evidente que la falta de masividad en muchas marchas pone en tela de juicio no solo la capacidad de movilización de los convocantes, sino también la crisis de representatividad que existe al interior de las organizaciones de todo tipo, lo que conlleva a suponer que como parte de ese debate de formas, escenarios y metodologías, debe estar incluido, visceralmente, como se está construyendo política en todos los niveles.

