América Latina dice y calla

Atardecer en Tamarindo, lugar codiciado por los vendedores por la presencia de turismo extranjero. 
17 de mayo de 2026Carlos LuceroCarlos Lucero

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Por Claudio Turco Cherep

La muchacha está sentada en una parada de colectivos a un costado de la ruta, a unos 70 km de Peñas Blancas, uno de los dos pasos fronterizos entre Costa Rica y Nicaragua. Viene de trabajar como vendedora de artesanías en una playa “tica” y va a León, al norte de la capital, a reencontrarse con sus hijas. Lleva lentes oscuros, que casi no le dejan ver un rostro que se adivina típicamente “nica”. El joven que va sentado en un bus de larga distancia tiene un tatuaje en el brazo derecho que dice “made in Cuba”. De allí viene. Es de estatura baja, tiene el cabello corto y relucen sus dientes blancos cuando dice que se tuvo que ir de la isla o que le gustaría estudiar en la Argentina. Viaja por muchas partes, casi en un homenaje a su juventud. La jovencita atiende un bar donde venden ceviche en un barrio de Managua. Tiene la sonrisa a mano y el trabajo también. Lleva y trae cerveza y comida, de la barra a la mesa, todos los días, de lunes a domingo, desde la mitad de la mañana hasta las 9 de la noche, pero aclara que si se queda en su casa se aburre. El señor que camina con unas cuantas bolsas de semillas y granos dice que son para sus gallinas, pero que él es taxista. Enseguida se pone a hablar de política, algo poco frecuente en Centroamérica. Está empapado de la realidad argentina, aunque él es nicaragüense. A poco de conversar despotrica contra Donald Trump y reivindica al Frente Sandinista de su país.

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Foto de Ximena Frois

A menudo hemos hablado de lugares, de destinos, de paisajes, de historia. Sin embargo, el camino está hecho de gentes que acercan su tonada, su charla amiga, su dicha, su rabia, su andar, su idiosincracia, su identidad. Cinco meses después de nuestra partida, tomamos ese pulso. Primero que nada, la América latina es migrante. El hecho de irse, de volver, de ir y venir, se da casi naturalmente. Puede ser a buscar mejor suerte a otro pueblo o al país de al lado, según los vaivenes de la economía, del cambio de moneda, de los avatares políticos de uno y otro lugar. Porque esas dinámicas son constantes, la movilidad también. La vida puede ser una escapada o un quedarse para siempre. El norte y su aparato comunicacional que vende bienestar perpetuo hace lo suyo, sobre todo en los más

jóvenes. Desde Colombia, Ecuador o Venezuela, o más acá, en Panamá o la misma Costa Rica, muchos abrazan la idea de que la salvación está en Estados Unidos. Pagan mucho dinero para hacer un recorrido por pasos clandestinos que en la mayoría de los casos, no tienen como última estación el sueño americano, sino más bien una pesadilla. Puede ser que directamente nunca lleguen y que pierdan todo en el intento, puede ser que lleguen pero dejando de lado a los afectos, sobre todo los hijos, que no volverán a ver.

Así le pasa a la mamá de la jovencita del bar. Ella se fue a Miami buscando mejor suerte y no vio más a un crío de unos pocos años y a nuestra mesera, que dice que la extraña y se quisiera ir para allá, no porque no quiera vivir en su país, sino para ver a la madre con la que habla por teléfono todos los días. Y más que nada por su hermanito, que la extraña más que ella. En el caso de la muchacha de la parada del colectivo es distinto. Va a trabajar a Costa Rica desde Nicaragua. Sabe que vendiendo artesanías a los gringos en los balnearios top se gana lo suficiente para estar unos meses haciendo el sacrificio, pero siempre vuelve. No se queja de su suerte, al contrario, dice que le va muy bien y que además duplica sus ingresos porque su marido hace el mismo trabajo. Los meses que se ausentan dejan a las hijas al cuidado de sus abuelos porque “nadie las va a cuidar mejor”. Mientras, en unos pocos años pudieron pagar un crédito para acceder a la vivienda. Apenas se queja de que le hubiera gustado ejercer su profesión, que es la de ingeniera agrónoma. Igual, no se arrepiente del camino que tomó. Dice que los yanquis son capaces de pagar más de cien dólares por una artesanía hecha en madera de guanacaste, en un sitio de millonarios que visitan tipos de la talla del basquetbolista Michael Jordán o el escritor Dan Brown.

 

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