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Max Zamory: es judío, alemán, escapó de la guerra cuando tenía diez años y llegó a Moisés Ville

Con 94 años, Max Zamory es uno de los judíos que pudo escapar de Alemania antes de que empiece la Segunda Guerra Mundial.

Actualidad 17 de agosto de 2022 Por Ramiro Muñoz Por Ramiro Muñoz
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La primera colonia judía agrícola organizada de nuestro país nació en 1889 y tiene una gran historia de sacrificio, amor por las tradiciones y cultura de la resiliencia.

“Siempre volví a Moisés Ville. Aquí quiero morir”, asegura Max Zamory en el jardín de su casa de este pueblo santafesino aún signado por la inmigración judía. Tiene 94 y humor de sobra como para contestar “49″ y sonreír con picardía. Es el padre de Hilda Zamory, responsable de turismo de este enclave del centro de Santa Fe que se formó en 1889 con la llegada de 136 familias de colonos judíos ortodoxos. Pueblo que a mediados del siglo pasado recibió una nueva oleada de inmigrantes, justo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, entre los que está Max, uno de los pocos sobrevivientes de aquella oleada, junto con su hermana Dorothea. Entonces con la voz suave y el sol en la frente se presta a dar pistas de su historia.

Vine desde Eylau, Alemania, con mis padres y cinco hermanos, cuando tenía diez años”, relata Max y aclara que acá le dicen Máximo. “Claro que me acuerdo de mi vida allá. ¡Lo que nos divertíamos! ¿Qué no hacíamos con mis hermanos?”, exclama escapándole al drama y para evitar hablar de aquella persecución que se agigantaba en la Alemania de los años 30 por el solo hecho de ser judío. “Disparamos para acá porque se armaba la guerra. Vivíamos con un tío soltero que se quedó allá para internar a una tía en un asilo. Vendió su casa de cinco pisos con establo, caballos y vacas, pero la metieron justo en un campo de concentración”, relata sobre lo que quedaba atrás cuando encararon la travesía de 26 días – “nada más”, desliza con ironía– para desembarcar en este lado del océano Atlántico. “Dejamos mi pueblo y llegamos a Berlín, donde estuvimos una semana. De ahí, a Hamburgo para embarcarnos en el Monte Pascoal. Me acuerdo todo… Aunque éramos chicos y no teníamos ni idea de lo que era una guerra. Solo sabíamos que veníamos a la Argentina”, recuerda sobre aquella experiencia de 1938 que compartía con otros 25 colonos judíos.

“Allá teníamos una casa linda, auto y de todo. Acá llegábamos sin nada. Nos mandaron a trabajar al campo, que quedaba a 40 kilómetros de acá. Nos dieron 75 hectáreas con vacas lecheras para ordeñar y poder seguir viviendo. Mi papá se esforzó mucho con el arado y el tractor. Pasamos una miseria bárbara: subía el agua y al salir de la cama estaba todo inundado. Sufrimos bastante, pero gracias a Dios salimos adelante, no nos faltó nada y estamos felices”, cuenta.

Estuvimos diez años en aquel campo y después nos mudaron a otro, de 152 hectáreas, donde sembrábamos alfalfa, trigo, lino y cebada. Allí estuvimos 17 años más. Después mis padres se enfermaron, vendimos el campo y nos vinimos al pueblo. Aquí había viejos colonos. Nos agrupamos y siempre mantuvimos nuestras tradiciones y nuestra cultura. Nos reuníamos mucho en el Teatro Kadima. Moisés Ville era muy próspero”, exclama sobre la primera colonia agrícola judía organizada de nuestro país, sede del primer cementerio de la colectividad, y cuna de grandes profesores de hebreo.

“Viví en Israel y en Norteamérica, pero siempre quise volver a Moisés Ville”, enfatiza Max. “Estuve tres años en Israel. Me pagaron el pasaje para que fuera. Fui voluntario de la Guerra de los Seis Días. Me metí en frontera de Siria. Las balas me pasaban por arriba de la cabeza. Gracias a Dios no me pasó nada. Podría haberme quedado allá, pero quise volver a Moisés Ville. Lo mismo con Norteamérica: me aburrí y volví”, cuenta al exponer sus fotos con ropa del ejército y una medalla que representa la sangre, la bandera y la tierra.

¿Volvió a Alemania? “Nunca. Había un hombre de la Embajada que me quería prestar dinero para pagar el viaje y que se lo devuelva cuando pudiera, pero esas cosas yo no las hago. No sabía si iba a poder pagarlo”, asegura con énfasis y cuenta que lo único que le recibió tras dejar su país fueron 1.000 dólares, y que muchos alemanes sí reciben “un dinero de Alemania, pero nosotros no porque nuestro pueblo –hoy se llama Ilawa– quedó en Polonia y ahí no pagan”.

Su historia es similar a la de Helene Elkan y Bernardo Seiferheld, que también huyeron del Holocausto y eran los padres de Arminio Seiferheld, que tiene 79 años. Con ceremonial, este señor que es guardián de la memoria colectiva en Moisés Ville, se pone la kipá y toca tres tonos en el shofar, un instrumento de viento que parece un cuerno. “El primero es el más lastimero”, aclara antes de erguir el pecho para entonar el siguiente. También nos conmueve con una canción popular, Al Kol Ele, que suena en su armónica. Y sin prisa pero sin pausa, relata la tragedia que escuchó al crecer.

“Mis abuelos maternos vinieron en barco en 1939, con dos hijas solteras –una era mi madre, de 30 años– y otra casada. Como todos, fueron al Hotel de Inmigrantes, en Buenos Aires. Los subieron a un tren y llegaron a la estación de Las Palmeras, a unos kilómetros de acá, y a caballo los llevaron a casa una casa abandonada que aún hoy está en el campo. Estaba repleta de malezas y una de mis tías, que en Alemania diseñaba sombreros, tuvo una crisis de nervios. Entonces mi abuela, que era una señora de 60 años, la miró firme y le dijo: ‘No te hagas la tonta y apechugá. En Alemania no estarías con vida. Acá estás libre, además de viva’”, rememora Arminio en relación a lo que figura en las cartas de la época mientras charlamos en el living de su casa de Moisés Ville, el pueblo que entre 1938 y 1940 recibió 13 familias judías.
Entonces cuenta cómo es que nació en este pueblo judío de Santa Fe. “Mi padre llegó a Moisés Ville sólo, a los 21 años, en 1938. Logro salir de Alemania como hijo adoptivo de una familia que tenía tres nenas. Su madre, que había quedado viuda, no tenía la visa y quedó allá. Ni bien llegó, lo llevaron a trabajar al tambo. Después empezó a desempeñarse como carpintero, cosa que hacía en su pueblito, cerca de Frankfurt. Entonces se enfermó de pulmonía y lo llevaron al hospital donde escuchó a una mujer hablar en alemán. Ahí nació el romance. Es que mi madre, que como dijimos era soltera, oficiaba de dama de compañía de una vecina que estaba internada porque se había quemado el cuerpo”, cuenta Arminio. Y sigue: “Mi padre recibió una sola carta de su mamá y no supo nada más. Dos dos sobrevivientes dicen que en septiembre de 1942, en el pueblito de mi papá, 56 judíos fueron sacados de su casa, cargados en camiones y llevados a los campos de exterminio nazis. Y ahí fue a parar mi abuela paterna que no conocí, que desapareció un mes después de que yo naciera, que se llamaba Sarah y era viuda de Abraham”, señala Arminio y aclara: “Ah, de los 56, ninguno regresó”.
Fuente La Nación 

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