


Justino Serra, de oficio peluquero, guitarrero y amigo de todos
Carlos LuceroJustino es el emblema de un tiempo, de un San Cristóbal que ya se fue. Por su local, "la peluquería de Serra", ubicado actualmente en Alvear casi Maipú, pasó literalmente parte de la vida de la ciudad, como lo fueron otros lugares clásicos de ese San Cristóbal ferroviario. Los más veteranos recuerdan con nostalgias las siestas de La Parrilla donde se jugaba al chinchon y truco, o el billar del Club Unidad, algunos negocios y bares de encuentros de la gente del pueblo. "En esas épocas había doce peluquerías masculinas, Ramayo, Rivero, el Gallego Suanez, Cafaratti, Arta, Rolón entre las que recuerdo", nos comentaba el entrevistado que además es conocido por guitarrero y cantor.
Todos pasamos por esa vereda de la peluquería al lado del Banco Santa Fe, en el centro del lado oeste de las vías. Además de los clientes que se entretenían leyendo revistas pasaba gente a charlar, "antes se compraban muchas revistas, El Gráfico lo compraba todas las semanas y el diario también". El peluquero cuenta que había un elenco de personajes como el Turco Llaver, Piji Maidana, Osvaldo Fontana o Pancho Castrodeza que hacían de partener de Justino, que además de cebar mate propiciaban las charlas de un amplio abanico de temas que iban desde las últimas noticias del pueblo, el obituario colgado en la pizarra de ingreso a los talleres Ferroviarios, al fútbol, la política y por supuesto las chicas.
Justino Serra, quien cumplió 68 años de profesión, toda una vida como peluquero en la ciudad de San Cristóbal. Entre tijeras y navajas, recuerda que comenzó a trabajar en el año 1952, con tan sólo 14 años, aprendió mirando al peluquero don Ruiz, padre de Polo Ruiz que era fotógrafo. Junto a él dio sus primeros pasos y trabajaron hasta el año 1960 cuando falleció don Ruiz, "en ese momento estábamos en Alvear casi Sarmiento al lado de Bertero".
Luego recordaba que “se hacía barba en esa época, los miércoles y sábados eran para afeitar, usábamos navaja, brocha y crema. Después empezaron a salir las máquinas de afeitar y la gente venía a cortarse el pelo. Antes la palabra de la gente valía mucho, quedé alquilando en el local sin contrato, sin firmar nada y recién ahora afloje”, relató Justino.
A sus 82 años nos recibió en su casa junto a su esposa Zuni. Mientras ella cocinaba, el peluquero se adentró en sus recuerdos, con gran emoción que se reflejaban en su voz y ojos.
La cuarentena lo forzó a dejar la peluquería y quedarse en casa, aunque si fuese por él seguiría yendo a su amado salón.
“Extraño la peluquería, antes iba en bicicleta, después en moto y fui en auto este último tiempo hasta que lo vendí porque ya no me permitían andar más. La cuarentena me obligó a dejar de trabajar pero extraño mucho” nos contaba uno de los tantos peluqueros que acompasaron la historia de nuestro pueblo.
Feliz día para todos y todas los y las peluqueras de la ciudad.



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